La soledad y el destino

 

Por Omar V. M.

Éste fin de semana me reencontré con un film que en algún momento llegó a convertirse en uno de mis favoritos.  Un largometraje  inspirador y que en este momento en particular, después de algún tiempo de no verlo, me llevó a un momento de introspección. Y tal vez lo que aquí describo no sea la línea principal de trama, pero por esta vez así lo vi.

Todos tenemos nuestras manías, cosas que nos gustan y cosas que nos disgustan. Tendencias que marcan y definen nuestro comportamiento. Y los solitarios suelen desarrollar un gusto particular por los placeres sencillos de la vida. Pequeñas cosas que nos pueden embargar de alegría o simplemente relajarnos. Incluso ahora disfruto de hacer cadenas con clips o agujerar un borrador de migajón con un lápiz, o imaginar una realidad alterna a partir de un pequeño objeto.

AMELILa imaginación es el compañero constante de los solitarios, un mundo donde los discos se hacen como si fueran crepas, las nubes toman formas de osos y conejos y donde la televisión habla con nosotros, refleja nuestros pensamientos, nuestras emociones. Monólogos sin palabras. Soñar sin cerrar los ojos.

Y la soledad, aunque en principio no sea voluntaria, con el tiempo se torna en un refugio. La buscamos, volvemos a ella cotidianamente, nos acostumbramos a ella. Y en la soledad nos volvemos observadores de la realidad, observamos a los demás con pasividad curiosa.

Pues bien, Amelie, hija de un inexpresivo médico militar retirado y de una maestra neurótica, era una niña callada y solitaria cuyas tendencias antisociales se incrementaron al morir su madre y quedar sola con su padre, refugiándose en sus sueños hasta que tenga la edad para partir de casa.

Pasan los años, Amelie deja su casa y se emplea como mesera en un café. Desarrolla un gusto por los placeres pequeños como meter la mano en un saco de granos, romper con la cuchara la crujiente cubierta de una crème brulée y lanzar piedras en el canal.

Así transcurría la solitaria vida de Amelie. Hasta que un día encontró un tesoro que escondiera un niño 40 años atrás. Un cúmulo de recuerdos, una reliquia maravillosa que cambiaría su vida.

El hallazgo sembró una idea en la mente de nuestra heroína: encontrar al dueño y devolverle su tesoro. Y así Amelie comienza su búsqueda. Y al poco tiempo, nuestra heroína logra su cometido y devuelve el tesoro a su propietario original, y lo hace de una forma que quizá pueda describirse como poco convencional, con creativa sutileza.

¡Qué increíble suceso!, ¡qué majestuosa sensación! El acto conmueve sobremanera al dueño de aquel tesoro, de aquellos recuerdos. Una infancia guardada en una cajita herrumbrada. Ese hecho ha cambiado la vida de aquel hombre.

¡Qué armoniosa sensación! Que extrañamente fascinante puede resultar hacer algo para el otro. Como devolverle la memoria a un hombre o describirle el mundo a un ciego. Que poco cotidiano y monótono es tener la oportunidad de poder conmover así un alma. Que sensación nos recorre cuando por un pequeño instante nos volvemos héroes y dejamos tras nuestro paso una estela de magia, un destello de luz. Para Amelie es un momento perfecto.

Pero después, al volver a la soledad, y pensar por un pequeño momento en el hecho de no hacer lo mismo con los cercanos, la culpa llama a la puerta y la depresión entra con ella.  Amelie pensó en su padre, ahora más solitario que ella, y una nueva idea cruzó por su mente.

Pero el destino también guardaba algo para nuestra protagonista y dejó en sus manos un tesoro más. Pero ésta vez sería diferente. Esta vez la búsqueda sería recíproca y él tan solitario y tan dado a los pequeños placeres como ella, buscará por ella. Y mientras tanto, Amelie asume su papel de heroína.

Y en cuanto al destino,  bastará que ella se acerque un poco y lo hará de la forma más peculiar, impráctica, encantadora y por demás fantástica.

Amelie es una magnífica película. Comedia, romance, introspección, imaginación, magia, misterio e incluso un poco de venganza y toque de drama. Ésta pequeña joya del cine francés lo tiene todo, desde un pez suicida hasta un gnomo viajero, desde un pintor  con huesos frágiles como el cristal, hasta una hipocondriaca, y en el fondo de la historia ella y él, dos individuos que se encuentran.

Y todo esto sin dejar de mencionar la música que resalta y resulta perfecta para para la película, tanto en su ritmo, como en su melodía y tiempo. Sin duda, me atrevo a decir que Yann Tiersen nos deja un excelente Soundtrack.

Amelie, una película ampliamente recomendable, ligera, entretenida. Ese tipo de películas que logra atrapar la atención del espectador de principio a fin.

Amelie (Le fabuleux destin d’Amélie Poulain). Dirigida por Jean-Pierre Jeunet, Protagonizada por Audrey Tautou y Mathieu Kassovitz. Francia, 2001.

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