Conocer a la muerte

Por Omar V. M.

Un día de muertos en un pueblo pobre, una familia grande, una ofrenda chica, tan pequeña como la cena que se sirve en la mesa. La distinción que genera la riqueza se hace presente hasta entre los muertos, distinciones que por supuesto hacen los vivos. Las ofrendas lujosas que ponen aquellos “que tienen con qué”.

Pero las distinciones las hacen los vivos, la muerte no discrimina.  Porque al fin “desde que nacemos todos traemos nuestra muerte escondida”.

macario2La escasez provoca deseos, y el deseo puede ser cruel. Causa delirio, enojo, pesar, envidia, egoísmo. Y más cruel es cuando lo que se desea es comida. Un guajolote, grandote, para comérselo entero, sin repartirle a nadie.

Y qué pasa cuando a llega ese totól, y se ofrece mejor que nunca. Hay que tomarlo sin dudar e irse a donde pueda uno comérselo solito, sin repartirle a nadie. Aunque se aparezca el demonio y nos ofrezca un trato. Aunque se aparezca el mismo dios a intentar convencernos de hacer un “acto de bondad”. Aunque… si la que se aparece es La Muerte a pedir un poco de comida, la cosa puede cambiar. Porque la muerte tiene mucha hambre, hambre sincera, y porque cuando llega ni tiempo dará de comerse aquel guajolote, entonces, vale más convidarle la mitad, así mientras ella coma, comerá uno también.

Pudiera ser que incluso nos ganemos la amistad de ésta entidad mística, sagrada, obscura pero en ningún sentido maligna. Pudiera ser que demos sin querer con un aliado por demás poderoso, y aún más, franco, sincero.

¿Y si ganáramos con aquel acto la cualidad milagrosa de curar a los enfermos?

MacarioHay que pensarlo bien, sin duda en este mundo en el que vivimos, lo más probable es que alguien se esterara y quisiera lucrar con ello. Y eso a la larga puede no ser tan benéfico.

¿Será que podemos ganar la facultad de no morir? Pero eso tampoco puede ser tan bueno. Quizás vivir más sólo implica ver y vivir más muerte.

Pero en fin, como sea, nada nos libra de la muerte. Es el final obligado. Aunque le convidemos a La Muerte de nuestro guajolote. Sea como sea que la concibamos, oscura, huesuda, siniestra, fría, muda, ensordecedora, amorfa, sabemos que está más allá del bien y del más, es superior incluso a la dicotomía del cielo y el infierno. Aún el escéptico que duda e incluso niega cualquier más allá creado en la imaginación de los hombres, sabe que la muerte es real e inevitable.

 

Macario (1959). Dirigida por Roberto Gavaldón, protagonizada por Ignacio López Tarso, Pina Pellicer, Enrique Lucero y Mario Alberto. Drama. México, CLASA Films Mundiales.

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