Viaje en metro

Por Omar V. M.

Después de una corta espera llega el tren, es el mismo que acaba de arribar proveniente de CD Azteca, sólo hizo cambio de vía, así que aún se encuentran algunos pasajeros a bordo. Me pregunto por qué, quizás alguno se haya quedado dormido y no despertó antes de que el tren cerrara sus puertas, quizá deseaban evitarse el bajar y subir escaleras para tomar la salida sur de la estación, o quizá solo deseaban experimentar la sensación de permanecer en el vagón mientras el tren cambia de vía en el túnel. Como sea, no lo sé, y no creo que sea importante saber, pero parece ser una característica común de estaciones terminales como El Rosario o, en este caso, Buenavista.

Abordo el tren, permito que las gentes aglutinadas aborden antes de mí, aun así consigo ocupar el asiento del fondo del vagón,  inmediato a la puerta. Me siento de tal forma que pueda recargar mis brazos sobre el tubo y poso mi cabeza sobre ellos. La posición en la que me encuentro me permite observar el resto de vagón.

  2013_1_11_adXRnRZiK4scAv54IOFKw4Durante mucho tiempo el viaje en metro fue un acto por demás cotidiano en mi vida. Hacia mis años de secundaria el metro se tornó para mí en el medio de transporte indispensable. Mi ruta diaria a la escuela era de la estación Aquiles Serdán a la estación San Antonio, ruta que ofrecía el tiempo suficiente para una pestañita que recuperara un poco de sueño perdido, o bien para intentar terminar la tarea. Esbozo ahora una pequeña sonrisa al recordar.

En el vagón, frente a mí, una señora comiendo una alegría de forma tal que deja caer una cantidad considerable de moronas. Giro mi cabeza y me encuentro un par de señoras con grandes bolsas, algo común en esta línea (B), en la puerta que permanece cerrada, un sujeto como yo, encerrado entre sus pensamientos y la música que escuchaba a través de sus auriculares.

Después de mudarnos a provincia el viaje en metro fue una actividad que desapareció de la cotidianidad y cuya referencia se fue desvaneciendo de mi vocabulario. Ahora, cuando vuelvo ocasionalmente a la ciudad, el viaje en metro ha adquirido en mi vida una experiencia algo especial, despojada ahora de la monotonía.

Pasaron un par de estaciones, y en la estación Lagunilla abordaron una señora y un par de niños cuyo berrido no pudo ser opacado por la música en mis audífonos ni por el grito del vendedor de chicles. Por fin, en la estación Morelos, bajaron los pequeños y su madre que en ningún momento mostro interés alguno en ellos.

Así iba yo, hundido en mis pensamientos, casi ausente, cuando segundos más tarde noto que he llegado a mi destino, presuroso me deslizo entre el asiento y el tubo y alcanzo a salir antes de que las puertas cierren, pero en el acto tropiezo sin querer con una joven que pasaba a quien terminé abrazando para evitar su caída. No puedo evitar reír, y quizá eso permitió que riera conmigo en vez de soltarme una bofetada que bien merecía. El incidente estuvo en mi mente el resto del viaje a casa.

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