Cuando lo amargo sabe dulce

Por Sergio Reyes Aguilar

La soledad de la habitación, la oscuridad de la calle y el silencio nocturno invaden mi atención. Ya sea viendo la televisión, leyendo algún libro o revista o navegando en internet, miró el reloj y ya comenzó otro día. La madrugada me dice que muchos ya se adelantaron a dormir. El destino se ríe de mí porque en unas horas tengo una actividad que no puedo posponer, pienso que fue mala idea desvelarme.

 Respirar con un ritmo bastante relajante, la oscuridad es perfecta para mantener los ojos cerrados. La alarma también se rie de mí, me despierta, la apagó con los ojos cerrados y con un manotazo de coraje. Con un dolor en la cabeza y los ojos que me pesan como una bolsa de plomo. Esto empeora cuando siento que el colchón me absorbe, siento que me hundo, soy incapaz de separar mi cuerpo del colchón, como si tuviera una llanta de autobús encima. Me levanto como puedo y me preparo para salir de casa. Sin ganas de nada, en la cocina me espera un pocillo que tenemos en casa desde que tengo memoria, le pongo agua hasta la mitad, mientras que con más inercia que hambre, como alguna fruta para no empezar el día con el estómago vacio.

 Agarro una taza y una cuchara, le pongo tres de azúcar y una y media de café, con el agua a punto de hervir apagó el calentador, tomo un trapo rojo echo bola con muchos hoyos y vacio el líquido en la taza. Revuelvo más con flojera que con cuidado durante unos segundos con los ojos entrecerrados.

Fotografía original de Roberto Medina Contacto: https://www.facebook.com/robertomedinahfoto?fref=ts
Fotografía original de Roberto Medina
Contacto: https://www.facebook.com/robertomedinahfoto?fref=ts

Llega el momento del primer sorbo, soplo porque el vapor me calienta la nariz cuando acerco los labios a la orilla de la taza, mientras mi ojos se abren impresionados. Mi nariz me dice “espera, esto huele bien”, me detengo, soplo otra vez, vuelvo a oler para saborear antes de probar mi taza de café. Tomo, cierro los ojos, siento el sabor dulce del café amargo. Me despierta y me relaja, me termino el café mientras mentalmente reviso que llevo conmigo todo lo que necesito para salir de casa. También pienso que el café se saborea antes del primer sorbo.

Salgo, con los ojos abiertos, siento unas lagañitas que se desprenden, mi nariz tiene una pequeña capa de vapor bastante agradable, hasta siento que respiro mejor.

Me doy cuenta que con esa taza de café bastante cargado y dulce, valió muchísimo la pena desvelarse, repaso el programa de televisión que ví, lo que hice navegando en internet o la lectura de la noche anterior. Quizá hoy también me desvele, para mañana merecerme otra taza de café.

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