Semana Santa: fe o fanatismo

Por Omar Velmar

En esta ocasión hablaré de un tema más social. Puede ser incluso un tema de carácter controversial así que, advierto se lea con discreción. Hablaré en tono mayormente subjetivo sin  despojarme de una base teórica. Abordaré, pues, un tema religioso abusando quizá de la fecha.

sdcruz4La denominada Semana Santa es una de las fechas más importantes del calendario litúrgico católico y del cristianismo en general yen ésta se conmemora la pasión, muerte y resurrección del profeta denominado El Cristo, al cuál se reconoce como hijo unigénito del Dios único.

La importancia del evento radica en que es justamente la resurrección de El Cristo, el cimiento de la fe cristiana, pues ello lo consagra como el hijo de Dios, a cuyo tormento se le atribuye la penitencia por los pecados de la humanidad.

Así, los fieles cristianos, en particular los católicos, grupo preponderante del cristianismo occidental, ven en la penitencia un acto de purificación.

Sin embargo, como parece ser natural de toda corriente ideológica-religiosa al ser el la base de la construcción moral y por tanto del comportamiento y tanto más de las esperanzas de los individuos existe, en determinadas sociedades, una propensión al fanatismo.

En este sentido, entre las ceremonias de la Semana Santa, los rituales de diversas comunidades católicas en países como México y Filipinas, son particularmente superlativas, por su naturaleza explícitamente física.

México y Filipinas comparten el antecedente de haber sido colonias del Reino Español, una nación cuya Iglesia era notoriamente propensa al fanatismo, tanto que históricamente la Inquisición española es descrita como la más cruel, temible y violenta de su época, actuaba por encima de las disposiciones de la propia Iglesia Vaticana, ceno del catolicismo.

sdcruz2Así, el catolicismo en estas poblaciones es una herencia de la imposición colonial, una imposición de una institución fanática. Más que fe, fanatismo. Los rituales llevados a cabo por estas comunidades que implican actos tales como el azote, la crucifixión, el cargar pesadas cruces, el andar con grilletes medievales que carcomen piel y la carne de los tobillos con cada paso del individuo, y demás actos de autoflagelación menos agradables, se encuentran por encima de las ceremonias promovidas por el Vaticano, tal como actuaba la Inquisición española en su momento.

Estas expresiones de fanatismo religioso tienen más relación con procesos penitenciarios impuestos por autoridades eclesiásticas hispanas a los indígenas, como es el caso del andar con grilletes, que con la doctrina ideológica del cristianismo. Son autos de fe pública y no actos de fe. Este tipo de acciones son cuestionables incluso para el vaticano.

Y sin embargo pareciera incluso que en nuestro país es una conducta no solo permitida sino promovida cuando se da cobertura televisiva de la representación de la Pasión de Cristo que lleva a cabo la comunidad de Iztapalapa en la Ciudad de México, que aunque no realizan la crucifixión, es decir no clavan al intérprete a la cruz como si sucede en otras poblaciones como es el caso de Filipinas, pero sí promueve la exposición a la flagelación como una conducta moralmente correcta digna de ser imitada, y quizá algo peor, esto puede incluso promover el morbo entre los televidentes, pues es el tormento en sí y no la enseñanza moral y religiosa, lo que se convierte en el centro de atención.

dali00La promoción de la cultura de la flagelación y el fanatismo es más más notoria cuando los espacios noticiosos  presentan como noticia de apertura, antes de cualquier otra información, un recuento de los diversos actos de tortura aceptada o auto-inducida que se realizan en el país, sin dejar de mencionar los realizados en Filipinas, he incluso preparan y difunden reportajes periodísticos sobre tales actos, presentándolos siempre como actos de fe, de devoción.

En este sentido el papel de los medios de comunicación, en particular los noticieros de televisión abierta, cuando promueven las representaciones donde participan niños de 13 y hasta cinco años de edad, dejando ver en televisión a uno de los infantes cargando una cruz, con una corona de espinas en su cabeza, sangre en su rostro y siendo azotado, sin emitir aclaración alguna que permita creer que es maquillaje y no sangre lo que mancha el rostro del infante, sin alguna expresión de inconformidad.

La existencia y prevalencia de estas prácticas en el contexto de la modernidad bien tiene explicación desde disciplinas como la Historia, la Sociología y la Psicología Social, pero en qué medida podrán seguir siendo aceptables.

En este sentido puede cuestionarse incluso cuanto conoce la gente que practica la flagelación, la historia y los fundamentos ideológicos del cristianismo. La realidad es que no importando la doctrina o corriente ideológica-religiosa de que se trate, siempre existe la posibilidad a la tergiversación. Las sociedades tienen distintas formas de apropiarse y de construir ideologías.

Al final, la práctica de la flagelación, sea aceptada o auto-inducida, y la concepción respecto a la penitencia física, así como la idea del pecado, forman parte del imaginario colectivo de estas comunidades, son ideas muy arraigadas ya, el proceso de cambio cultural suele ser muy lento. Sin embargo, también es cierto que la forma que los medios de comunicación han tomado una postura irresponsable respecto a la forma en que presentan y manejan la información, pues es la historia nos ha mostrado que es muy fácil incitar a la población a adoptar comportamientos hostiles, radicales y violentos, para consigo misma como para el otro, y es por el contrario sumamente difícil llevar a las sociedades a un estado de paz y fraternidad.

Así pues, el presente comentario, que ha de tomarse como tal, no pretende en momento alguno criticar ni juzgar las creencias religiosas, pero si es un llamado de atención respecto al impacto que tienen estas costumbres no solo en su marco local sino a nivel general en la sociedad nacional y el papel que juega la televisión a través de los noticieros y programas informativos en el comportamiento social, así como el lugar que ocupa la ética profesional del difusor de información, sobre todo en temas como la participación de infantes en representaciones públicas de tormento.

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