Memoria del dolor, aprendiendo a no sufrir

Por Ana Lilia Chávez Maturano

¿Crees que hay algo más doloroso que un corazón roto?, ¿no? y, ¿qué tal un dolor de muelas? Eso sí que es dolor y no dramatismo. Afortunadamente el dolor es subjetivo, lo aprendemos y guardamos en nuestra memoria pero también podemos modificarlo.

Según la International Association of the Study of Pain el dolor se define como “una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada a un daño real o potencial del tejido, o se describe en términos de dicho daño”.

dolorPodríamos decir que no hay estímulos dolorosos pues su naturaleza es individual y subjetiva; el mismo estímulo que provoca dolor a una persona puede pasar desapercibido para otra.

El dolor puede ser agudo o crónico. El dolor agudo dura poco tiempo y es fácilmente identificable, son las señales que nos da el cuerpo de que algo anda mal. El dolor crónico no tiene un propósito útil, al independizarse del estímulo original pierde su función de advertencia.

Existen unos receptores sensitivos especializados, denominados nociceptores, que son activados por estímulos nocivos a nivel de los tejidos periféricos. Pero no es la activación de estos receptores  la que conduce forzosamente a la experiencia dolorosa sino la percepción del dolor que es resultado de la abstracción y elaboración por parte del cerebro de una información sensitiva. Desarrollamos una memoria del dolor.

Desde pequeños vivimos situaciones que nos provocan dolor, como caer de un árbol o golpearnos con una mesa. Nuestro cerebro guarda en la memoria el episodio doloroso y la conducta que trajo la analgesia para evitar el dolor o acelerar su desaparición en situaciones similares futuras. Este recuerdo se irá editando debido a que la memoria es un proceso dinámico, una pintura que se va retocando con mucho de lo que imaginamos o creemos.

dolor1Aprendemos a interpretar como dolorosos ciertos estímulos sensoriales con base en experiencias propias o ajenas. Este aprendizaje se da por medio de dos mecanismos principales: la sensibilización y el aprendizaje asociativo. La sensibilización contribuye a que las vías del dolor respondan cada vez a estímulos menos intensos, mientras que el aprendizaje asociativo hace que memoricemos las cosas más fácilmente asociándolas a otros estímulos que recordamos como causas del dolor.

La preocupación por el dolor es otro mecanismo que interviene aunque de forma indirecta. Mientras más ansiosas son las personas, más se preocupan y por lo tanto ponen más atención por lo que memorizan más.

La buena noticia es que la memoria puede modificarse de forma consciente, se debe trabajar en quitarle relevancia a lo que refuerza nuestra memoria del dolor. Habituarnos a los estímulos y aprender que no causan dolor para así extinguir esa sensación.

Posiblemente habías escuchado “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”, ahora sabes que todo depende de tu interpretación.

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