Retorno de una obsesión

Ana Lilia Chávez Maturano

 Siempre he tenido pensamientos obsesivos, no importa cuánto me esfuerce. No puedo evitar pensar en la catástrofe que se desencadenaría si los libros no están acomodados por tamaño. Peor aún si estoy acompañada y tengo que cantar mi canción favorita para librarme de la maldición que podría arruinar mi vida al mirar el reloj y darme cuenta que son la 1:11, 5:55, 2:22 o cualquier hora con números repetidos.

obsesiónHay un protocolo para cada uno de esos pensamientos, para combatir los efectos terribles que mi imaginación cree que causarían. Contar las letras de las palabras impide que los insultos dañen a mis seres queridos, tocar los objetos cuatro veces previene que se pierdan.

Todas las obsesiones de mi mente se tranquilizaban con una compulsión definida, acciones repetidas o procesos mentales. Mi trastorno obsesivo compulsivo era simplemente un trastorno de ansiedad. Me quitaba tiempo y modificaba mi interacción con los demás pero estaba controlado, hasta que te volví a ver y mi obsesión tomó tu nombre.

Me obsesiona tu mirada reflejada en esas pupilas que no son las mías, la suavidad de tu tacto que no está en mi espalda, el calor de tu aliento que no empaña mis suspiros. Me obsesiona tu palabra que seduce otro oído y el veneno de tu lengua que enloquece otra boca.

Me invade la idea de tus pasos siguiendo su camino, tu perfume embriagando sus sentidos, tus brazos envolviendo su cuerpo. La angustia me intoxica al saberte ahí, sin mí, alimentando ilusiones ajenas, llenando sueños de una mente que no es mía, viviendo una historia que yo no escribo.

obssY entonces te imagino acercándote a mis labios, pronunciando aquella frase que sólo tú y yo conocemos, bailando la canción que escribimos ebrios. Casi puedo sentir tus dedos dibujando en mi espalda el mapa de tus sueños.

Pero no es suficiente, no hay compulsión que te arranque de mis pensamientos, de nada sirve inventar una vida contigo sin en realidad no la tengo. No me ayuda ordenar las palabras de cada vieja conversación, ni mirar tus fotografías tres veces a horas específicas o escribir tu nombre cientos de veces. No hay ritual que te saque de mi cabeza, nada termina con tu recuerdo inundando mi pecho, no se borra el fantasma de tus besos.

Antes de mirarte de nuevo la causa de mi trastorno pudo ser la genética, alguna anomalía relacionada con la serotonina u otro neurotransmisor, quizás los factores sociales; ahora te culpo sólo a ti. La culpa es de la miel de tus palabras que endulzaba mis historias, de la palidez de tu piel que iluminaba mis mejillas, de la intensidad de tu mirada incendiando mi alma. La culpa es de tu cuerpo que ya no está junto al mío, de tu vida que ya no se entrelaza con la mía, de tu recuerdo que la obsesión que me esclaviza

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