Mariposas congeladas

Por Jonathan González

Nos hemos entretenido revisando todos los discos y hasta hemos escuchado algunos pero finalmente no comprar ninguno. Salimos de la tienda; no podía llover más de lo que está lloviendo esta tarde.

Me observas fijamente como preguntando si acaso me pienso mojar, con la cabeza negamos cualquier tipo de movimiento. Nos cubrimos bajo este pequeño techo. El clima asemeja cualquier postal de elementos románticos. El frío hace de las suyas en nosotros. Optamos por abrazarnos y así sobrevivir con el calor de nuestros cuerpos.

Los minutos corren mientras las caricias acompañan esta escena. Las cortinas de lluvia que nos escoltan desde el cielo son el complemento perfecto para un momento netamente improvisado, en términos urbanos y cotidianos.

 Se que si tiritamos, es por gusto. Podríamos pasar de vuelta a la tienda de discos, donde el ambiente es más calido;  y hasta contaríamos con algún fondo musical, ya sea de  lo moda o bien notas del recuerdo.

El frió comienza a recorrernos sin importar todo el amor que nos tenemos. Las mariposas en la panza ansían  volar, pero  en cada intento sus movimientos se vuelven más lentos. Aparentemente sus alas comienzan a congelarse. Nuestras miradas se cruzan y decidimos morir en el intento, sin importar la hipotermia que se avecina.

Cuando el frío ya nos ha afectado,  se puede observar que los labios comienzan a volverse azules. Frente al frío los vasos sanguíneos se comprimen para proteger al cuerpo de la pérdida de calor. Y  sacrifica las extremidades para mandar más sangre a nuestros anhelantes bocas.

Bromeamos un poco sobre esto, el tono azulado nos recuerda a los pitufos. Nuestra risa se entre corta y tratamos de frotar un poco nuestros cuerpos para no abortar tan pronto esta misión.

Dicen que el amor todo lo puede, aun que honestamente comienzo a tener mis dudas. Las personas que pasan a nuestro lado cubriéndose con su sombrilla, nos miran extrañamente.

Se han de preguntan por que demonios no omitimos tanto cariño y tratamos de rescatar nuestras figuras humanas de esta loca aventura.

 En verdad, cada momento que pasa, comulgo aún más con esa idea. Al menos mis dedos dejan de sentir el roce de las telas de tu rop. Mis orejas piden clemencia y la nariz pide que olvidemos este intento de heroísmo absurdo,  ya no son cómplices de esta expedición improvisada.

En general la temperatura corporal es mayor cuanto más alejados estemos del exterior, siendo las extremidades las que menor temperatura normal presentan. Por eso mismo, enseguida sentimos frío en las orejas y la nariz.

Mi mano, y quizá también tu pie, tienen, aún,  los vasos sanguíneos dilatados, dejando circular mucha sangre. Pero cuando nuestros nervios censores detectan una baja temperatura, el Sistema Nervioso Simpático, hace actuar a las hormonas de noradrenalina. Ayudándonos a conservar, al fin, nuestro escaso y valioso calor corporal.

 Las mariposas de mi panza están siendo acribilladas por el frío, ya no siento el movimiento de sus alas por ningún motivo. En cada momento perdemos mayor movilidad  de nuestros cuerpos, ya es algo insoportable. Nos declaramos perdedores y quedamos noqueados ante las inclemencias de las bajas temperaturas.

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