Interactividad

Por Sergio de Régules

Entrada especial. Escribí este texto en 2003 o 2004, cuando tenía una columna titulada Las orejas de Saturno en un portal de internet muy popular por la época. Buscando en las entrañas de mi computadora me encontré la carpeta donde tenía guardadas todas mis colaboraciones y me pareció buena idea compartirlas con ustedes en este blog para darle un poco más de movimiento.

Foto original de Lupita Guzmán

Museos en la Ciudad de México hay muchos, pero no tantos son de ciencias. Los museos de ciencias existen desde el siglo XVIII. Primero fueron colecciones de objetos curiosos que algún personaje exhibía en vitrinas en su casa para edificación de sus amigos. En estos “gabinetes de curiosidades” el visitante podía maravillarse con fósiles, esqueletos de animales exóticos, arte de países lejanos y cabezas reducidas del Amazonas, pero sólo podía ver, no tocar. En el siglo XX el acento pasó del ver al hacer. Por eso el lema de los museos de hoy es “prohibido no tocar”, y desde hace unos 20 o 30 años se habla de museos interactivos.

¿Qué entienden ustedes por interactivo? Para mí es un lugar donde el visitante se relaciona con el elemento de exposición más allá del simple mirar el objeto y leer la cédula. Por desgracia, el concepto de museo interactivo surgió más o menos al mismo tiempo que el boom de las computadoras y muchos entendieron “interactivo” como sinónimo de mecanizado y computarizado.
El resultado es una idea muy difundida de que para hacer equipos interactivos forzosamente hay que ponerles computadoras con simulaciones y juegos de video, botones que echen a andar algún mecanismo, y en el peor de los casos, libros de texto disfrazados de hipertexto, como si leer en la pantalla fuera una experiencia más intensa que leer en papel.
La interactividad resulta muy pobre. He visto equipos cuya interactividad consiste en que el visitante aprieta un botón. Un mecanismo hace lo demás. En todos los casos, un texto le explica al visitante exactamente cómo debe interpretar lo que ve. “¿Qué hacer?”dice la cédula, y responde sin demora cómo poner en marcha el equipo. “¿Qué sucede?” propone de inmediato, como si no quisiera darle al visitante oportunidad de averiguarlo por sí mismo.

Foto original de Karina Ramírez

En inglés los museos interactivos llevan el calificativo de hands-on, que indica que ahí se va a usar las manos. Pero hay muchas maneras de interactuar sin meter las manos. En los museos de vanguardia es interactivo cualquier elemento de exposición que propicie un cambio mental en el visitante. Un poema que te sacude el alma es interactivo (pero sólo si te sacude el alma); una imagen que te hace soñar también (pero sólo si te hace soñar).

La semana pasada (o sea, en 2003 o 2004) subí a la sala de exposiciones temporales de Universum, el museo de ciencias de la UNAM, a ver la nueva exposición de algas (se llama Algo sobre Algas; qué pena, desperdiciar la oportunidad de ponerle Son Algas). Me acompañaban mis amigos Estrella Burgos, editora de la revista ¿Cómo ves?, y Miguel Alcubierre, investigador del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM.
De regreso a mi oficina pasamos por la sala Conciencia de nuestra ciudad, donde se encuentra el que, en mi opinión, es el mejor equipo de todo el museo (en la época aún no existía Google Maps): una foto gigante de la Ciudad de México tendida en el suelo e iluminada desde abajo. Unas placas de plexiglás transparente permiten al visitante caminar sobre la foto. La imagen es suficientemente nítida para distinguir casas individuales (hasta hace poco hubo una foto más nítida –se distinguían coches—, pero era de 1993; la de hoy es de 2000 y se hizo originalmente para la exposición ABCDF).
 “Aprovechando que nos queda de paso”, les había dicho yo a Estrella y Miguel para tranquilizarlos dando a entender que aquello era cosa de cinco minutos. Nos quedamos 45, ubicando nuestras casas, siguiendo a pasitos de gallo-gallina nuestras respectivas rutas diarias a la UNAM, comparando distancias, poniendo el dedo en Universum (¡se ve el voladizo triangular de la entrada!), localizando hitos (en el Toreo se alcanza a leer “Labastida”, era época de elecciones), y admirándonos de la cantidad de cráteres volcánicos que hay al sur de la ciudad.

Foto original de Karina Ramírez

Observamos que al poniente, por Interlomas, Santa Fe y el Desierto de los Leones, el trazo de las calles muestra que esos barrios están en las montañas. Vimos que el aeropuerto es inmenso (y que ese día había tres Boeing 747). Nos reímos de una aglomeración de Combis claramente visible en el Metro Chapultepec.

La foto hace soñar. Yo he visto a un montón de jóvenes visitantes tendidos panza abajo con los pies levantados y la barbilla apoyada en las manos, perdidos en el reconocimiento de su barrio. Como en todos los mapas públicos, el punto que corresponde al emplazamiento del mapa lleva las marcas de los miles de dedos índices que lo han tocado (“mira, estamos aquí”).
La foto de Conciencia de nuestra ciudad –casi sobra decirlo—no tiene ni un solo botón y la computadora más cercana está a 20 metros. Con todo, difícilmente se podría imaginar una pieza de exposición más interactiva. Ya en la calle el visitante ve la urbe con otros ojos: ha ocurrido una transformación. También es posible que note que dejó el corazón en esa foto. Tendrá que volver a recogerlo
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