El día que me encontré

Por Graciela Sánchez

Durante todos los casi inagotables años de ser estudiante, en la cabeza de todos flota una sola meta que es la que nos ayuda a levantarnos a las 5 de la mañana para ir a la primera clase, o leernos a un montón de personas  que ya están muertas y cuyas vidas parecen increíblemente somníferas.

A todos nos dijeron que nuestro más grande logro en la vida es elegir una carrera, y además, terminarla.

Así que a todos se nos crea en la cabeza una especie de fantasía en la que nos vemos disfrazados con Toga y birrete, aventando nuestro birrete, o gorrito, por los cielos como en las películas de Hollywood.

Lo cierto es que a veces el camino recto se bifurca y muchos van replanteado sus metas, donde, en algunos casos, la Universidad no cabe.

Lo cierto es que los que llegamos a colocarnos esa toga y ese sombrerito chistoso nos damos cuenta que esa fantasía es muy diferente a como no la pintaron. Muchos pasamos años y años tocando las puertas laborales, y muchos terminamos siendo becarios de alguna institución, ya sea pública y privada.

Yo podría decir que este no fue mi caso, pero estaría mintiendo. Mi mamá siempre dijo que a los pajaritos se les tiene que empujar para que vuelen, y ante mis múltiples argumentos de que yo era una universitaria, y no un ave, decidieron quitarme el gasto. Lo que, metafóricamente hablando sería, me aventaron al vacío sin paracaídas.

Y así, sin estar segura si quería de si quería o no ejercer mi carrera científica, me tuve que integrar al campo laboral. Toqué y toqué puertas de laboratorios y colegios solicitantes de profesores, pero mi experiencia nula terminó llevándome de becaria-anfitriona del Museo de las ciencias de la UNAM.

En un año conocí personas ya prendí a transmitir un poco de las ciencias exactas a quien lo solicitara, sin importar su clase social, sexo o grado de estudios.

Un día de esos en los que estábamos platicando todos los anfitriones de mi sala, porque ha de saberse que en México la ciencia no es uno de los temas más populares entre la población, surgió el comentario.

El museo impartía un Diplomado en Divulgación de la Ciencia, y además, se ofrecían becas completas a algunos anfitriones. ¡Gratis! Palabra mágica. Nada se perdía y se podía ganar mucho. Así que decidimos inscribirnos unas amigas y yo, y esperar.

Honestamente, no tenía ni idea de que rayos era la Divulgación de la Ciencia. Sabía que había estado contándole a la gente un poco de esta, pero para mí, era la manera de “ganarse el pan”.

Pero, en la primera clase, mi mundo cambió y me di cuenta que existía una manera en la que mi formación científica, y mi trasgresora mente que pensaba como humanista, podían convivir.

Ese año mi razón para despertarme era saber que tenía clase en el diplomado, o que faltaban pocos días. Lunes y miércoles se me iban las horas escuchando que la divulgación de la ciencia es transmitir el conocimiento científico a cualquier persona, sin que los oyentes deban tener una formación científica.

Escuché que esto no era nuevo, pues desde el siglo XIX, científicos vieron lo importante que era el que la población entendiera lo que hacían, y no sólo un grupo de 20 investigadores, incapaces de hablar en español.

Por mis manos corrieron textos de quienes fundaron la Divulgación, en la era moderna. Y de aquellos que sentaron las bases , descubriendo que es una actividad donde nada está escrito

Alguno de mis maestros me dejó leer un texto de un tal Manuel Calvo Hernando. Recuerdo que ese día, no hice esa tarea (espero ese profesor no lea esto, y si sí, no tome acciones en mi contra). Por lo que, un año después, en el que me tocó dar una clase sobre periodismo científico, no di con este nombre hasta que Internet me iluminó diciéndome que este señor era uno de los pioneros del periodismo científico.

Durante esa clase volvimos a llegar a uno de los problemas que los divulgadores teóricos no han logrado resolver. La diferencia entre divulgación científica y periodismo científico aún no ha sido establecida, pues algunos dicen que no la hay.

Lo cierto es que ese día, en esa clase, entendí que mi mente poco metódica había encontrado su lugar. Entendí que mi vida no iba a trascurrir entre paredes de laboratorio. Que no había nacido para medir índices de crecimiento, que no iba a hacer análisis de uso de suelo. (Aún sigo esperando que me iluminara un rayo celestial y sonaran las trompetas)

Ese autor, Manuel Calvo, que indirectamente me ayudó a descubrir esta alternativa, falleció el pasado 16 de agosto. Él murió después de atreverse a hablar de un tema que a nadie le importaba, y volverlo parte de las conversaciones cotidianas.

Logró hacer un cambio, y vivió para contarlo. Pero lo cierto es que murió sin saber que me ayudó a lidiar con mi crisis de identidad. Y que me mostró, entre muchos otros, encontré la manera perfecta de combinar esos 6 años de mi vida educativa con eso que nunca pude estudiar. Y encontrar, así, mi pasión

 

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