¡Fuera abajo!

Por Sergio de Régules

Al pie del Cerro del Chapulín, en el Bosque de Chapultepec, hay un parque fragante y hermoso en plena Ciudad de México. Ahí habita una especie de árbol muy de por acá, el ahuehuete, conocido por longevo en la cultura náhuatl (también muy de por acá). Algunos ahuehuetes de Chapultepec tienen su edad pintada en el tronco: 600 años, 700 años, 800 años… Estos vetustos árboles han estado en pie desde antes de la fundación de la ciudad de Tenochtitlan, que ya es decir.

Hace unos años andaba yo paseando por ahí cuando descubrí esas etiquetas tan evocativas. Yo sabía que la edad de un árbol se sabe contando los llamados anillos de crecimiento, que se aprecian en la sección transversal del tronco. ¿Cómo se podía saber la antigüedad de los ahuehuetes de Chapultepec sin haberlos cortado? Confieso que yo no lo sabía hasta hace bastante poco, pero se hace así: se extrae con una barrena especial una muestra cilíndrica del tronco y se le cuentan los anillos tranquilamente en el laboratorio, con un microscopio. Para mí fue una revelación y un alivio saber que la cosa se podía hacer sin matar al árbol.

Con todo, hay veces en que no es así de fácil. Le pasó a Donald Currey en 1964. Currey era  a la sazón estudiante de posgrado de la Universidad de Carolina del Norte. Estaba escribiendo una tesis acerca del clima durante el periodo histórico que los paleoclimatólogos conocen como “la pequeña glaciación”: periodo de unos 500 años durante el cual bajó la temperatura media mundial, lo que tuvo consecuencias desde biológicas hasta políticas. Para eso Currey necesitaba muestras de tronco de árboles antiguos y los encontró en un bosquecillo de pinos viejísimos en una montaña en Nevada, Estados Unidos, donde se presentó con una barrena extractora elegantísima importada de Suecia.

Los árboles de este bosquecillo eran muy antiguos. Tenían ramas retorcidas y troncos llenos de nudos, como si los hubieran sacado del bosque maldito de Blanca Nieves, o de Harry Potter (referencia que no se le pudo haber ocurrido a Currey en 1964). El joven investigador escogió uno y le clavó la barrena. Cric…cric…cric… iba girando la barrena al tiempo que penetraba en el tronco del matusalén arbóreo. Cric… cric… ¡CRAC! Currey se quedó con la manivela de la barrena en la mano: el aparato se había roto los dientes contra el duro y antiguo tronco.

Sin barrena de refacción y con los tiempos académicos encima (tenía que regresar a su universidad con datos para su trabajo), Currey fue al Servicio Forestal a pedir ayuda. Ahí le dijeron que, en vista de que había muchos otros árboles antiguos, ¿por qué no talaba su árbol y se llevaba unos pedazos de tronco para estudiarlos?

El joven regresó con una sierra mecánica y echó por tierra al anciano, uno de muchos –pensó–, ¿qué daño podía causar su muerte? (Recuérdese que eran otros tiempos: aún no nos preocupábamos tanto por conservar la naturaleza y mucho menos cada organismo individual.) Muy ufano, Donald Currey se fue a su laboratorio a contar anillos de crecimiento pacientemente con la nariz clavada en el microscopio: uno, dos, tres, cuatro…

Cuando terminó había contado cerca de 4900 anillos. El árbol más antiguo que se conocía entonces tenía 300 años menos. Para desgracia de Currey, la gente de la localidad de Nevada cerca de la cual crecían esos árboles se habían encariñado con éstos y hasta les habían puesto nombres. El de Currey se llamaba Prometeo.

El individuo que le puso el nombre montó en cólera, con toda razón, y escribió un artículo en el periódico. Los medios asediaron a Currey, acusado de haber matado al organismo vivo más antiguo del mundo. El joven, abrumado, se escondió en su laboratorio y trató de pasar inadvertido, como hacen muchos científicos tras un encontronazo de esta naturaleza con los medios de comunicación. Veinticinco años más tarde aún le costaba trabajo hablar del asunto, como atestigua una entrevista que le hicieron en esa época.

Ahora bien, Currey mató (quizá la palabra sea excesiva en sus connotaciones) al organismo más antiguo conocido en la época, pero eso no quiere decir que Prometeo fuera el árbol más antiguo a secas. Seguramente por ahí hay otros que pueden ser más antiguos sin que lo sepamos; la distinción que hacía de Prometeo un individuo tan especial, y por lo tanto hacía su muerte tan impactante, es un poco engañosa, o por lo menos falta de sustancia.

Pero no hay que menospreciar con razonamientos lógicos el impacto de las emociones. Desde luego que se justifica la reacción de la comunidad a la acción de Currey, pero no se justifica haber condenado al joven al ostracismo. Hoy en día, gracias en parte a la muerte de Prometeo, hoy la región es un área protegida y creo que hasta su especie goza de protección especial, pero Currey, quien murió en 2003, nunca se recuperó del shock.

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