Naturaleza urbana

“Para el niño que ama las estampas, los mapas,
el universo iguala a su vasto deseo.
¡Ah, qué grande es el mundo al fulgor de la lámpara,
qué pequeño resulta a a luz del recuerdo!” C. Baudelaire.Fragmento de El viaje.

Por Arturo Pérez.

Crecí siendo el menor de mis hermanos, por cerca de diez años de diferencia. Viví en esa relativa tranquilidad de un lugar que no es pueblo pero no se decide a ser ciudad. Donde había posadas y piñatas en diciembre y algunas otras costumbres que trajeron mis padres cuando migraron buscando nuevo hogar.

Mi contacto con la naturaleza fue esporádico pero dejó huellas profundas, a tal punto que cuando pude elegir una carrera,  no dudé en que tendría que ver con la naturaleza o los animales. Pensaba estudiar veterinaria o biología, siendo esta última la opción que tomé.

Muchas veces me han preguntado cuáles fueron los motivos por los que decidí estudiar esa carrera tan inusual y no sería novedad para quienes me conocieron de niño decir que siempre me entusiasmaban los dinosaurios, (yo quería ser paleontólogo).

Pero más allá de las criaturas imaginarias que poblaron mis juegos, está esa parte silvestre que nunca se va del todo de las zonas urbanas: las lagartijas que salen a tomar sol por las mañanas, los insectos y arácnidos que poblaban las macetas de mi tía, los hormigueros y termiteros siempre tan atareados, los eventuales nidos de aves silvestres, los constantes cambios atmosféricos, la luna y las pocas estrellas.

Tuve la fortuna de tener hermanos mayores que apoyaron o toleraron mis curiosidades, mis mascotas poco usuales, y muchas veces alentaron mi entusiasmo con libros y materiales.

Recuerdo que para mejorar mi mala letra mi madre me inscribió a artes plásticas, y en esas clases los colores, las luces y las sombras me atraparon.

Y al sugerirme observar con más cuidado, terminaron por aumentar los detalles del mundo.

Solía leer (aunque quizá sin entender todo lo que decían los libros) en mi refugio construido entre bicicletas o tabiques en un tiempo en que los videojuegos aún eran muy sencillos.

Y era esa materia la que permitía que un niño recreara paisajes submarinos o prehistóricos en el patio y entonces,  mi perrita Daisy se convertía un tiburón o dinosaurio.

Pero el mundo en toda la extensión de la palabra parecía inmenso cuando visitábamos la casa de los abuelos, en la casa de mi abuela materna, los bosques de pinos perfumaban el aire, los arroyos cristalinos eran un campo de juego y observación

Las montañas se expandían como sábanas en el horizonte y el misterio se hacía presente con las historias de mis tíos sobre conejos y coyotes. Creo que en muy pocos lugares he visto brillar las estrellas tan intensamente como en mis recuerdos.

La casa de mi abuelo paterno en cambio se encontraba en los Valles centrales de Oaxaca, donde los cactus eran muy abundantes y la fauna asombrosa: artrópodos gigantes (chapulines de 10 cm), las cigarras llenaban de sonidos las tardes y los murciélagos revoloteaban por las noches a la caza de insectos.

Jugaba a explorar los montes con mis primos o a veces los acompañaba al campo donde probábamos puntería con las rocas.

Mirando atrás por un momento creo que ese recuerdo de la infancia tiene aún caminos detectables. Se hace presente en circunstancias de calma.

Foto tomada por Arturo Perez ( el autor)

Cuando camino por las calles desorientado en el laberinto de tonos grises y grafittis a veces me cuesta creer que crecí tan cerca de un hormiguero,  como lo es la ciudad. Donde todo ocurre a la velocidad vertiginosa con el tiempo limitado para llegar a los destinos.

Hago trampa con frecuencia al hacer una pausa para observar a mi alrededor, los colores de la tarde, las formas de las nubes y de los árboles. Los adornos de las casas y edificios.

No puedo negar la ayuda que me brinda el seguir observando con paciencia, creo que así podemos valorar un poco más nuestro entorno.  Surgen entonces del silencio el canto de las aves, los colores casuales.

A pesar de seguir viviendo y estudiando en la ciudad, donde la naturaleza al parecer tiene poco que ver.  El buen observador podría decir con justa razón que la fauna y flora que sobrevive en la ciudad es muy resistente y fabulosa.

Foto tomada por Arturo Perez ( el autor)

La ciudad aún recibe muchas aves migratorias que llegan a los remanentes de antiguos lagos donde se asentó la ciudad de México. Los árboles que sobreviven son refugio y alimento de aves y reptiles. Pero los lagos se han reducido enormemente, es por eso que resulta tan importante mantener estos sitios en buenas condiciones, no solo para nuestro disfrute sino porque es el hogar de otros seres.

Un poco de ayuda no les vendría mal, comederos, bebederos podrían hacer la diferencia y enriquecerían nuestra vida.

El escaso contacto natural puede por una parte hacernos ajenos a estos entornos. Creer que las zonas naturales están muy lejanas y  provocar que sigamos con los esquemas de desarrollo inconsciente de nuestra ciudad.

Pero por otra parte, para una persona poco habituada a ese contacto con la naturaleza, cuando ocurre, podría ser algo mágico y perdurable.

Un motivo inusual, las flores rebeldes del asfalto, las incandescentes nubes de la tarde, el vuelo nocturno de aves migratorias o el canto matutino de las aves en resistencia pueden permitir que recuperemos la intensidad del asombro, y de nuevo el valor del instante que solemos olvidar.


		

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