Ay amor… (segunda parte)


Por Carmina De la Luz

El asesino del amor

Luego de pasado un tiempo dentro de una relación, suele suceder que el amor hacia la pareja se vuelve más sutil, menos tormentoso. Ya no se presentan esos arranques de ansiedad, las mariposas abandonan nuestro estómago y la obsesión por el otro cede.

La serotonina tiene un papel fundamental en este cambio de conductas. La serotonina es un neurotransmisor que tiene un efecto sedante sobre el cerebro, es decir, de alguna manera nos tranquiliza. Cosa que parece no suceder en los enamorados, quienes al igual que las personas con transtornos obsesivos compulsivos, presentan niveles bajos de serotonina.

Es por ello que no hay lugar para la calma en los flechados por Cupido. Sin embargo, luego de pasado un tiempo, los niveles de serotonina vuelven a su estado normal y puede que el fuego del se llegue a apagar.

Te amaré por siempre

Imaginemos que el cerebro es como una gran ciudad llena de calles, circuitos y bulevares por las que viajan una gran cantidad de señales eléctricas y químicas, entre ellas las del amor. Resulta que ciertas zonas de esta gran complejidad son más ricas en oxitocina, otras en vasopresina y algunas más en  dopaminas.

Pero puede ser también que haya circuitos que se entrelazan, haciendo que estas tres hormonas se encuentren en un chispazo de “amor verdadero”. Bajo esta situación, la vasopresina y la oxitocina son responsables del desarrollo de una sensación de apego con la pareja elegida, pero además, la dopamina recompensa este hallazgo con una sensación de placer irresistible para cualquiera. Tanto amor produce un solo resultado: desear el estar juntos  por siempre jamás.

Ojos que no ven, corazón que non siente

Pocas cosas se viven tan intensamente como el amor porque pocas cosas en la vida son tan fuertes como él. Sin embargo, hay una cosa a la que ni siquiera el amor puede sobrevivir: el olvido.

Yo se que quienes recién viven la experiencia de una dolorosa separación sienten que nunca se sobrepondrán a esa pérdida, sin embargo, solo basta con esperar, ya que el tiempo siempre será la mejor medicina para el mal de amores.

Para que el amor tenga cabida en el cerebro de nuestro enamorado o enamorada, hay que estimularlo, día a día, recordarle que estamos ahí para que nos responda con su amor. Encontrar dicha respuesta no depende de la fuerza con la que apliquemos el estímulo, sino con la frecuencia, es decir, la cantidad de veces que lo hagamos. Esta misma también determinará cuánto dura la sensación de amor.

El amor se da, surge, entra en nosotros a través del tacto, el oído, el olfato y la vista. Si lo que se quiere es que dure para siempre entonces hay que estimular por siempre, pero si lo que en realidad se desea es dejar de amar, entonces hay que decir adiós, poner distancia y lavar el recuerdo con el tiempo.

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