Cafés salados y amores perdidos

Por Graciela Sánchez

“Amor, me di cuenta que ya no te amo, creo que debemos separarnos”. No, este no es un diálogo trillado de alguna telenovela, sino las últimas palabras que escuché del que, por mucho tiempo fue el amor de mi vida.

Sentada en aquella cafetería donde había oído, tres años atrás su voz pidiéndome ser parte de su vida, hoy trataba de entender lo que estaba sucediendo, mientras él continuaba: “No estoy terminado contigo, es más bien, como darnos un tiempo”

 ¿Un tiempo? En ese momento quise golpearlo, no, asesinarlo, se le da tiempo a un pastel en el horno, no a un noviazgo. En mi mente pasaron las más crueles torturas, o la imagen de él dándose cuenta que su vida no tenía sentido sin mí.

Sin embargo, lo único que logró salir de mi cuerpo fue un llanto incontrolable que sirvió como saborizante para mi café, que, encima de todo, me tuve que acabar sola porque argumentó “No ser sano seguir en el lugar”

Después de pagar por dos cafés, uno que no disfruté y otro que ni siquiera me tomé yo, llegué a casa y  no hice más que tirarme en la cama, dormir y llorar. A veces ir por más pañuelos desechables, para poder seguir durmiendo y llorando.

A los tres días decidí que era momento de bañarme, así que encendí la radio para que me hiciera un poco de compañía en mi limpieza corporal. Por azares del destino, la primera voz que salió de la radio fue el locutor anunciando una canción nueva, que se llamaba “Dopaminas”

¿Dopaminas? Que palabra tan rara para una canción. “La buscaré en Internet”. Y aunque se podría pensar que era increíble mi sed de conocimiento en esos momentos de dolor; la verdad es que tenía el pretexto perfecto para meterme a Internet, y de pasada checar el face de mi ex. Tal vez ahora sí me decidía a borrarlo.

En la letra, la cantante pedía una medicina que la ayudaba  a olvidar los desamores. Supuse que de algún lugar había sacado la idea de esta cura, así que decidí recorrer cada farmacia de la ciudad hasta dar con ella y poder volverme a sentir como antes.

Después de 2 días llenos de farmacéuticos confundidos me pregunté si no sería acaso alguna droga controlada, así que le llamé a mi mejor amigo, que para mi fortuna es psiquiatra.

Él me escuchó pacientemente el relato desde el café salado hasta las direcciones de las farmacias recorridas. Cunado acabé de hablar y llorar me dijo, “La cura que tú buscas la has tenido siempre en tu interior”

Su comentario me calló como patada al estómago “¿En mi interior?” Acaso se trataba de uno de esos consejos de superación personal o solución holística? ¿Me iba a llevar a llevar a que me leyeran el aura o a que me hiciera un examen de conciencia?

Cuando escuchó mi molesta voz se rió y me dijo “No, pero espera, deja te explico, las dopaminas que tu buscas no son tabletas, sino unos neurotransmisores que se liberan de tu cerebro en un sitio llamado hipotálamo” me platicó que estos  transmisores se liberan cada vez que nos enamoramos, o con acciones placenteras como comer, dormir o tener relaciones sexuales

 “Por eso, cuando lo conociste te sentias flotar. Cuando llega la dopamina a sus receptores se libera en el cuerpo una sensación de placer, euforia y motivación, y  por eso solo querías estar con él y no viniste a mi cumpleaños porque “El joven tenía que trabajar y no te pudo acompañar”

“Tú cuerpo se acostumbró a esa dosis de dopaminas, y cuando él se fue, detectó que algo faltaba, por eso la sensación de soledad, nervios, ansiedad, y por eso crees que no vale la pena hacer nada sin él. Básicamente, te volviste adicta a este amor, como los adictos a las drogas”

Le pregunté que si estas dopaminas te hacía sentir mejor, porque a nadie se le había ocurrido esta idea que yo había tenido de venderla en tabletas, digo, si  vendieran una medicina que te pudieras tomar para sentirte bien cuando te cortan, yo compraría 10 cajas.

Me dijo que porque no podía degradarlas mi cuerpo y porque si se me pasaba la mano, un exceso de éstas me podía generar esquizofrenia-“No pues prefiero estar soltera a loca”- le respondí

La plática me hizo sentir mejor así que decidí ir a caminar un poco por la plaza comercial, me bañe, me cambie y puse mi mejor cara. En la plaza entré a la tienda de deportes, pues soy fan de algunos de ellos, al entrar vi a un chico bastante bien, y me sonreía ¿Quién lo diría?

Hoy le presenté ese chico a mi amigo, él se alegró mucho y me dijo al oído: “Ni modo amiga, todos somos adictos a las dopaminas, y no nos queda más que buscar quien nos las vuelva a liberar”

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6 comentarios en “Cafés salados y amores perdidos

  1. Muy bonito!!! claro q aprendi algo… Gracias por compartir un poquito de ti!!

  2. Es excelente y muy verídico, es indudable que el amor tiene muchas facetas y la química es una muy interesante

  3. Gracias por el escrito y felicidades por este nuevo proyecto

  4. Muy bueno, sólo algunas palabras de más en la redacción, que padre que estés en la divulgación, me pregunto por que a algunas personas les cuesta buscar nueva dopamina.

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